Instinto cazador

Hace miles de años nuestros ancestros más antiguos ya eran cazadores-recolectores, los cuales vivían totalmente de los recursos que les ofrecía la naturaleza. Éstos formaban sociedades nómadas que migraban de un lugar a otro dependiendo de la disponibilidad de los recursos. Fue la caza y la forma de vida del momento la que les hizo trabajar y cazar de forma conjunta, aumentando así las posibilidades de éxito.

De esta forma, evolucionó el lenguaje que utilizaban para comunicarse durante las cacerías, mejorando así las técnicas y estrategias de caza. Al mismo tiempo, se iban desarrollando y mejorando los útiles y herramientas que les servían para dar caza a los animales, lo que nosotros llamamos armas.

Esto hizo que se desarrollara un fuerte instinto de caza, ya que de él dependía la supervivencia de la especie humana, viéndose más favorecidos los que más desarrollado lo tenían y los que mejor los sabían aprovechar. Es este instinto el que se ha ido heredando durante generaciones y hasta la actualidad, encontrándose en nuestros tiempos muchas veces en “estado de letargo”, debido a que no existe una necesidad en la utilización de este, ya que hoy en día los recursos se nos ofrecen de manera diferente a nuestros ancestros.

Es la actividad cinegética la que hace que se despierte este instinto que hemos llevado implantado en nuestro código genético durante tanto tiempo y que hace que por unos instantes nos asemejemos, si cabe más, a nuestros antecesores. Utilizando estrategias que seguramente ellos ya desarrollaron para dar caza, o por lo menos intentarlo, a algún animal que les ayudase a cubrir sus necesidades básicas.

Sí es verdad que las herramientas utilizadas para tal actividad han ido mejorándose durante el tiempo, pasando de un simple palo a las armas que actualmente se utilizan. Como también es verdad que generalmente ya no se caza para sobrevivir, ni que existen las mismas modalidades de caza, ni las zonas de caza tienen el mismo aspecto, etc. pero sí que compartimos ese instinto que muchas veces aflora durante una jornada de caza.

Si hablamos de instinto, no podemos olvidar a nuestro compañero y amigo, ese que cada vez que salimos de caza, nos recuerda la necesidad del trabajo en equipo. Estamos hablando de la unión que se formó hace miles de años y que sigue existiendo en la actualidad entre el perro y el cazador.

Como todos sabemos, los canes domésticos deben sus orígenes al lobo (Canis lupus), animal del que no cabe mencionar su instinto de caza. Muchas veces hemos oído hablar de que la domesticación de los perros fue paralela al origen de la agricultura. Hoy en día existen investigaciones que relacionan los perros domesticados con nuestros ancestros cazadores-recolectores, mucho antes de la aparición de la agricultura. Estos perros empezaron alimentándose de los restos de las presas que dejaban los cazadores-recolectores y poco a poco fueron forjando el equipo cazador-perro. A partir de ahí se empezó la domesticación de los cánidos y la aparición de variedad de razas en función de la necesidades y de las cualidades buscadas para cada tipo de caza y cazador.

Al igual que nos sucedió y nos sucede a los humanos, muchas razas de perros que se crearon con una finalidad cinegética, poco a poco han ido olvidado este instinto que le es innato y al que no les es necesario acudir para sobrevivir. Pero al igual que nosotros, lo tienen grabado en el código genético.

Por tanto, es nuestra obligación el conservar, preservar y gestionar correctamente nuestro entorno natural y la flora y fauna que en él habita, para que las generaciones venideras puedan despertar del letargo ese instinto, que nos ofrecieron nuestros ancestros, durante un día de caza.

Raimon Pérez Ferrando
Ing. Técnico Forestal y Lic. en Ciencias Ambientales